martes, 18 de agosto de 2009

...lo hacen por ti.

Hoy he abandonado las arrugadas y sudorosas sábanas veraniegas dispuesto a dedicar el día al cuidado de la salud. A emplearme un poco en el supermercado y en la cocina, con la misión de alimentarme correctamente y acallar un poco la mala conciencia -dos términos redundantes.

Me he aplicado preparándome una sana (eso dicen, creo) vichysuisse (¿se escribe así?) de patata, leche y media cebolla cuando, ya todo hervido, a la hora de triturar me he dado cuenta de que había olvidado comprar nata. Durante unos segundos he pensado que le dieran mucho por el culo a la nata porque total, el único que se va a deglutir aquello soy yo y entonces qué más da...Pero no, sin que sirva de precedente se me ha impuesto la cordura y he decidido que bajar otra vez al super tampoco cuesta tanto.

Y ha sido al subir, al abrir la puerta de casa cuando el aroma a guiso que venía de la cocina me ha paralizado un poco. ¿Cuánto tiempo hace que ya no me recibe así mi hogar? Todavía no ha pasado un año, pero a veces parece mucho más. Otras veces menos, también es verdad. Pero ese aroma a cuidados, a fogones bien empleados, ya sólo es un simulacro, una metadona vacía del alma maternal, que he recordado como un alma que casi se pudiera tocar con los dedos. Esos aromas ya no tendrán nunca la misma calidez incondicional. Aunque en algún momento del futuro tengan otros ingredientes, nuevos valores, por supuesto no tan incondicionales, la experiencia nunca más será la misma en mi vida.

¿Qué es la vida sino un camino hacia la muerte? Lo único que varía es la velocidad que lleva cada uno. Y cada vez que se va un ser querido, cada entierro al que asistimos de alguien que para nosotros haya significado algo, dejamos una parte nuestra detrás de la lápida o mezclada entre las cenizas. Por mucho que suene a lugar común, no por eso deja de ser verdad. Las campanas doblan por ti...

...Pero por ti, ¿eh? No lo dudes.