
Pío IX, popularmente conocido como Pío Nono, ha pasado a la Historia como el último Papa soberano de los Estados Pontificios, y el que estrenó el dogma de la infalibidad papal en cuestiones de fe y moral tras el Concilio Vaticano I, celebrado en 1870. El origen de la infalibidad del portavoz de Dios en la Tierra no surge de una serie infinita de aciertos de 6 más el complementario en la primitiva ni de que se hubiese convertido en ese personaje odioso que todos conocemos que siempre gana al trivial (o al buzz, ya más en el siglo XXI). Su razón de ser proviene del sacrosanto apuro que supuso para el Trono de San Pedro la tardía creación del estado italiano por parte de los secuaces del profano Garibaldi nueve años antes, cuando al unir todas las regiones de habla italiana desde el Piamonte hasta Sicilia, acumularon los ingredientes necesarios para la nueva nación excepto uno: la capital.
Los vicarios de Cristo, sin un ejército disponible, tensaron la cuerda al máximo para que el rey Víctor Manuel se aposentara en otra parte apelando a la incorruptible fe católica del pueblo como fuerza superior a la voluntad patriótica italiana, pero por suerte la sangre no llegó al Tíber antes de que los mandamases eclesiásticos se hicieran a la idea de que, ahora sí, los últimos vestigios del cesaropapismo constantiniano habían llegado a su fin. Ante la definitiva pérdida de poder territorial, la Iglesia atravesó una profunda crisis de identidad hasta que, avispados como siempre, dieron con la tecla adecuada para subyugar de forma directa otro vasto territorio, con aspiraciones de infinitud: el de las almas de los verdaderos creyentes en todas y cada una de las congregaciones urbi et orbi, desde los más sutuosos arzobispados hasta las más insignificantes diócesis. Lo que el papa piense, diga o escriba proviene directamente de Dios, y es incuestionable. Ya véis, aquello de "lo que el papa dice va a misa", resulta ser un dicho (relativamente) reciente.
Ese poder tan difícil de controlar como fruto de una rabieta histórica que es, todavía sigue haciendo estragos. Una innumerable fila de advenedizos se han pasado la vida tratando de caerle bien al papa de turno para hacer lo que les dé la gana (en general lo que buscamos todos, currar poco y ganar mucho) amparados en la infalibilidad que mana de la esfera más alta, la del mismísimo trono del cielo. El caso paradigmático de hoy en día es el de Kiko Argüello y sus kikos que, desgraciadamente, no es el nombre del grupo musical heredero de Parchís sino el del nuevo grupo diocesano o congregación o secta o como se llame capaz de convocar a miles de almas en el centro de Madrid para protestar a mala hostia contra la asignatura que pretende inculcar a los niños el respeto hacia las diferentes razas u opciones sexuales, que es mejor divorciarse que darle una paliza a la santa esposa, o que más que el condón, el pecado es que te vayas zumbando sin criterio a lo primero que se te presente (bueno, esta es una convicción mía, no demasiado costante y desde luego para nada infalible).
Con eso montan bastante cirio, pero de momento se mantienen a raya y puedes dormir tranquilo pensando que a fin de cuentas es problema suyo. Pero no siempre fue así: en 1939, fue nombrado príncipe de la cristiandad y guardián de las almas el cardenal Eugenio Pacelli, Pío XII, después de muchos años al frente de la diplomacia vaticana y tras haber supervisado personalmente la redacción del Derecho Canónico de 1917, una enorme regulación de derechos y deberes del cuerpo secular de la Iglesia basado en el susodicho aval divino para el o dictado del Santo Padre. Y el tiempo en que Pacelli ejerció su poder coincidió, en gran parte, con el siniestro esplendor de un señor con ridículo bigote en Berlín, uno de esos que aman tanto a su patria que acaban provocando su completa destrucción. No es que a Pío XII le cayera bien el nazismo en su totalidad, pero al parecer sí que le ponía ojitos picarones a alguna de sus bases ideológicas como, obviamente, el anticomunismo y, particularmente, el antisemitismo.

A mediados de los años 90, el historiador británico John Cornwell, de profunda fe católica, se propuso desmentir fidedignamente esas corrientes de opinión que vinculaban al papa Pacelli con el Holocausto. La curia aceptó, sin que sirviera de precedente, su petición de acceso a los archivos secretos del Vaticano para argumentar su estudio y dejar la figura de Pío XII, en pleno proceso de canonización, libre de toda duda. Recorriendo las páginas de su obra puede detectarse, en la profundidad de sus elegantes palabras, trabajadas con pudor porque no es el exhibicionismo y menos aún el sensacionalismo lo que le mueve, la dura y tristísima impresión que le provocó a Cornwell el desempolvar documentos olvidados y en ellos encontrar justo lo contrario que él esperaba.
Con admirable coraje y amor por el análisis histórico imparcial Cornwell culminó su trabajo, publicado en 1999 bajo el título de El Papa de Hitler. En 2003, Juan Pablo II pidió oficialmente perdón en nombre de la Iglesia por su actitud pasiva, cuando no complaciente, durante los años del exterminio judío. Algo es algo, y este tanto simbólico lo podemos apuntar, aunque sólo sea indirectamente, en la cuenta de Cornwell. En la actualidad, él sigue con su fe cristiana intacta, el aire en las instancias de los archivos secretos vaticanos vuelve a ser pesado e insano porque no se han vuelto a abrir, y la mitra la luce quien fuera en su día un valiente miembro de las Hitlerjügend.
Besitos.